sábado, 5 de febrero de 2011

Concurso 36 - Septiembre - 2002

CONCURSO XXXVI   SEPTIEMBRE - 2002


 JURADO:  ENRIQUE JARAMILLO LEVI


TEMA: MINIFICCIÓN ERÓTICA


Minificción erótica




GANADOR


DON DESPISTE


Fin de Fiesta


—No, por favor, debo irme.
Él ya la había desnudado. Fetichista, no había querido que se descalzara, observándola con lascivo deseo sobre las sábanas mientras abría varonil la pechera de la camisola y procedía a su propio desabrigo. Sintió ella un escalofrío gozoso cuando sus cuerpos se encontraron y aquella lengua empezó a regalar humedades por su piel. Quiso por última vez resistirse al mar de apetencias que la embriagaba, pero la súplica se murió en su garganta al notar cómo aquella masculinidad entraba deliciosamente abrasadora, rindiéndola en la pasión.

Poco después, en medio de un orgasmo descomunal, ni siquiera pudo escuchar las campanadas que sonaban en la medianoche. Seguro que alguno se extrañó luego al ver aquella calabaza abandonada a puertas de Palacio.


MENCIONES:


LUZ DE OTOÑO


Fulgores heridos


Como tantas veces, trabajábamos frente a frente compartiendo despacho. De pronto sentí el peso de su mirada, cálida, diferente; sus ojos, a diario apagados, eran ahora espadas de fuego que recorrían mi piel. Sin saber muy bien porque alcé la mano y acaricié su cara. Fue como la hoguera fundiendo la nieve. Nuestros cuerpos se encontraron, se atraparon, se enredaron. Las manos acariciaban, exploraban, hurgaban. Nos chupábamos, nos lamíamos, nos devorábamos. El placer, lava ardiente, abría nuestras carnes, con una fuerza animal que amenazaba destruirnos; después con suavidad las lenguas se ahogaron en los rincones más profundos, bebieron fluidos, restañaron sudores... Húmedos jadeos herían los últimos fulgores de la tarde.

Mientras nos poníamos las bragas y nos ajustábamos las medias nuestras miradas se encontraron, había en ellas sorpresa, incredulidad, comprensión y ternura.


DAFNE


La Cuna


El erotismo pasa por tantos lados -pensó- después de que la empleada le comentara que Vega, el peón, estaba haciendo la cuna para su hijo. La erotizaba imaginar a aquel hombre de tan recia apariencia, sometido a la dulzura de una labor paterna. Cuando Jacinta le preguntó hacia adónde se dirigía con tanta premura, le contestó, escondiendo el rubor de su rostro, que a tomar un poco de aire. Corriendo, sonreía la certeza de su pacto de ruta con Eolo. Se escondió detrás del cerco, cual una chiquilla, para poder espiarlo con tranquilidad. Una madera que se entregaba dócil al serrucho. Los fornidos brazos estallando las mangas, la gota de sudor que recorría el cuello navegaba más tarde en el pecho velludo, para sumergirse al fin por debajo del primer botón desabrochado. Entonces, la gota en sus ojos, lamiendo la fuerza que ocultaba el pantalón. Sin darse cuenta comenzó a levantar su falda mientras deslizaba una mano hacia la entrepierna húmeda. Llegó al pubis, hipnotizada por el vaivén de Vega. Sin dejar de mirarlo, se acarició el sexo acompañando el ritmo febril. Por tantos lados pasa el erotismo. Sólo que hoy, ella deseaba desesperadamente ésos brazos convirtiéndola en cuna.


VIGUESA


Divertimento


No lo puedo evitar. En realidad es un hábito, casi como un ritual.

Primero me desvisto lentamente frente al espejo. Procuro hacerlo de la forma más sensual posible, inventando nuevos gestos incitantes cada noche. Desnuda ya, me gusta mirar como mis manos recorren la imagen reflejada. Voy hasta la cama y me tiendo con modales gatunos, frotándome sobre las sábanas. No sé si por morbo, entonces pienso en Juan, mi casero (he de reconocer que me atraen así: maduritos de buen ver). Mientras deslizo una mano hacia el pubis, imagino que él también comienza a tocarse. Me vuelvo ególatra con mis primeros gemidos, rozo el clítoris en el vaivén de los dedos perdiéndoseme dentro y ya no tengo que simular la delicia. Concibo a Juan a mi lado, la mente hedonista me regala sus caricias y me revuelvo hambrienta en el colchón. Quererlo entonces sobre mí, su hierro abrasador llenándome y los espasmos van viniendo, cada vez más intensos, hasta que el orgasmo brutal me estremece. Desbocada por el éxtasis, giro para morder la almohada y ahogar el grito que me suele asomar en el goce extremo.

A veces, sigo otro rato, pero normalmente lo dejo ahí. Después ya no es lo mismo. A lo sumo, como travesura final, apago rápida la luz. Me divierte mucho ver el tenue haz atravesar la oscuridad del cuarto, antes de que a él le dé tiempo a tapar el agujero tras el cuadro.


DURKO


Mariposas


Todas las tardes cumplía el ritual de esconderse tras las piedras y la veía pasear, desnuda, con los senos erguidos y la mirada desafiante. De todo su cuerpo, prefería las nalgas, prietas, sugerentes, muy morenas. Sobre una de ellas aleteaba una mariposa.

Al llegar a las madreselvas, ella se detenía frente a la sombra del hombre y le obsequiaba con los movimientos lascivos de su culo. Separados por arbustos, ambos se masturbaban compartiendo jadeos y miradas furtivas. Luego se iban, cada uno por su lado.

Cuando se reencontraban en casa, ninguno de los dos decía nada. Ella se acostaba en el sofá, boca abajo, con el tatuaje de la mariposa muy quieto. Él fingía indiferencia. Sólo aguardaban, ansiosos, el día siguiente para acudir a la cita.


CÁRITES


Anhelos secretos


Olvidé mi aversión hacia los deportes y me inscribí en un cursillo de natación; así la podría ver desnuda.

Dentro del vestuario, mis ojos colaboraban voluntariosos para desvestir a todos y cada uno de los cuerpos femeninos. La vi frente a mí, de espaldas, y pude observar más imprudente como se despojaba de las bragas. Se me concentró la respiración en el estómago, como si descendiera en un noria, y contemplé su redondo trasero que parecía más voluminoso así, al descubierto; o quizá me lo pareciera por concentrar mi mirada en ello. En unos segundos lo eclipsó el traje de baño; entonces mi vista se deslizó acariciándole las piernas, aunque ella, ausente de mis propósitos, no sintiera estremecimiento alguno.

Llegó el momento que más ansiaba: el de la ducha. El chorro de agua caía frío y sus pezones se tornaron erectos. Hubiera simulado resbalarme y caer sobre su cuerpo mojado..., pero no osé hacerlo, sólo se lo permití a mi imaginación. En ese momento, contradiciéndome con lo que siempre había anhelado, agradecí no estar dotada con miembro viril, el cual hubiera puesto al descubierto mi excitación.


ROMEO - Myriam Goluboff Scheps


Claroscuro


Ella baila para él desnuda. La luz de las velas que la rodean proyectan sus formas aumentadas. El juego de luces y de sombras multiplica sus senos, su cadera, sus piernas, que se rozan y entrelazan. Sus movimientos se hacen cada vez más frenéticos a medida que la música se adueña de su cuerpo.

Él se introduce en el círculo y ve como su pene agigantado penetra en los voluptuosos pliegues de las negras figuras. Se acerca trémulo, intentando penetrarlas, golpeándose excitado contra sus contornos. Toma a la mujer y la imagen se multiplica en las paredes como en una galería de espejos. La posee fundiéndose en cada una de ellas, apretándose frenéticamente.

Consumidas las velas, extinguidas las sombras, sudorosos y exhaustos, caen desplomados.

3 comentarios:

  1. Mi memoria comienza a agitarse. ¡Qué buenos recuerdos!

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  2. Claroscuro, de Romeo, es de Miriam Chepsy. Mi tallerista fue Lobo.

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  3. Don Despiste y Viguesa era Vlado, o sea, yop.

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